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Piensan, luego existes.           Por:  Rat Scabies

Toda historia constituye siempre una versión. No existe la Historia sencillamente porque ésta siempre fue y nunca es. Una visión lo más objetiva de la misma termina siendo versión porque es imposible abarcar  todos sus puntos. A veces, por razones didácticas (como en los casos de las historias del arte o de la medicina psiquiátrica, por ejemplo) es necesario tomar ciertos elementos y discriminar otros de acuerdo con la arbitrariedad del historiador, lo cual ya dice a las claras que son historias en perspectiva y de mirada parcial y no total.

Sin embargo, estas parcialidades, la mayoría de las veces no son del todo inocentes; en ocasiones cumplen con encargos que provocan el acomode y reacomode de los sucesos históricos ya sea maximizándolos, minimizándolos, maquillándolos u obviándolos. Así, por ejemplo, en las historias nacionales los muertos en guerra se convierten en héroes de la patria. La muerte es así resignificada hasta apartarla de ese concepto paralelo de que la guerra es estúpida; de lo contrario, todo muerto en combate sería un muerto por una razón estúpida: la guerra. De cualquier modo, la guerra sólo es estúpida cuando no la hay; pero cuando sí, se convierte en una factoría de héroes. Estos pasarán de los entierros con honores (si son de buena familia) a decorar las plazas públicas y los textos escolares. Tanto transeúntes como niños aceptarán al héroe como tal y no harán mayores averiguaciones porque el suceso histórico configurado por el historiador  al servicio de la causa nacional debe ser aceptado como dogma de fe. A estas alturas, es prácticamente imposible saber quién fue héroe y quien no, aunque sí sería posible constatar cuales fueron los frutos de tanta heroicidad. Por citar un caso, el ejército chileno que se jacta de ser siempre vencedor y jamás vencido conquistó los territorios de Antofagasta y Tarapacá para beneplácito del capitalismo inglés que deseaba un control directo sobre el salitre de la región. Chile se endeudó con los astilleros ingleses para ganar una tierra que le rindió mucho menos que el Huáscar usado como transporte de carbón. Quienes verdaderamente ganaron la guerra, además de los astilleros, fueron las empresas salitreras inglesas. Ahora bien, nuestro glorioso ejército no se caracterizará  por ser muy vencedor que digamos pero indudablemente tenemos más héroes del género inmolado que el simpático ejército chileno de atuendos muy a la moda retro. En nuestra interminable galería de héroes inmolados contamos por ejemplo con un Leoncio que se apellida igual que un Mariano Ignacio que fue papá de un Manuelito, y quizá también de un poco conocido Javiercito que fue historiador y al que probablemente se le agradeció el encargo de limpiar el honor de la familia perennizando la mitad de su nombre en una importante avenida. Solapa, nomás.
 

 

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Haz Patria, Tala un Árbol              Por: Piroclástico.
 

 Si, pues. Los terrenos con más futuro en nuestro país se encuentran en la Amazonía: zonas de llanos extensos sin el problema de la aridez costeña ni la dificultad de relieve andina. Un lugar que necesita poco acondicionamiento, a diferencia de otras regiones, para desarrollar la agricultura y la ganadería. Lo mencionaba el (¿ya fallecido?) ex-presidente Belaúnde, pero lo suyo quedó sólo en intenciones: la Marginal de la Selva, el símbolo del proyecto, fue trazada en líneas rectas sobre el mapa de algún miope ministerio, sin considerar puntos de comercio ni poblados significativos ¿El resultado? Fracaso del proyecto, retraso nacional y una hermosa pista de aterrizaje en medio de la más absoluta discreción para miríadas de narcoavionetas.

Para plantar las bases del desarrollo comercial se tiene que desarrollar el agro y la ganadería. Sólo así tendremos una balanza comercial menos desbalanceada y quedará atrás nuestra dependencia de las exportaciones mineras. Para ello no hay nada mejor que una planicie bien talada. Puedo escuchar las acusaciones de estupidez, necedad y poca conciencia antes de terminar de escribir esto. Incluso ser víctima de un comando suicida de Greenpeace, pero hay que decirlo. Resulta irónico que los países responsables del 90% de la contaminación mundial, después de haberse desarrollado a costa de otro 90% de zonas forestales (no sólo los EEUU, sino Alemania e Inglaterra, entre otras joyitas) pidan a los más pobres que no toquemos los recursos que nos brinda nuestra geografía. No se habla aquí de quemar el Manu, ni de acribillar a los simpáticos selváticos de &127;Candamo&127;. La Amazonía no desparecería, ya que tiene zonas que no son aptas para sembrar nada, y en que el ecosistema se encuentra en la zona de la copa de los árboles y no en el suelo. Pero tampoco debe ser  tierra virgen, llena de recursos junto a una nación hambrienta. El reto a seguir no es la inamovilidad ecologista sino la explotación racional y planificada, para desarrollarnos con la conciencia limpia y sentados en un buen sillón de caoba.

 

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La frágil imagen de una débil visión.
Por: Lacravista.

Un italiano llamado Guiovanni Sartori (en Homo Videns: La Sociedad Teledirigida) ha propalado la alarma: la batalla entre la imagen y la palabra parece estar siendo ganada por la primera. Según él, la televisión cumple un papel central, ya que medios como éste incentivan la primacía de lo visible sobre lo inteligible. La polémica teoría tiene, al parecer, a muchos  asolapados seguidores en nuestro medio (Rocío Silva-Santistevan y Marcela Robles, por ejemplo), y se ha convertido en una de las más influyentes en la actualidad.

Esta es la denuncia: mediante la cotidiana exposición a la TV se van creando sujetos cuyo lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el perceptivo (concreto). Este es más pobre no sólo en cuanto a número de palabras, sino también de significados (capacidad connotativa). Esto atrofia el denominado pensamiento abstracto, creando, a la vez, un ver sin entender. Algo trágico pues este tipo de pensamiento es la base de todo el desarrollo humano, siendo lo que nos diferencia del resto de animales.

Ahora bien, el lenguaje conceptual y el abstracto no tiene puntos coincidentes para su comparación. Ni una imagen es mejor que varias palabras, ni lo contrario: son diferentes. El pretender la supremacía de una es iluso. El desarrollo de alguna significa sólo eso, ello no impone la disminución del otro. Así que por más estadísticas, maquilladas siempre, que quiera presentar, lo cierto es que aún no se han hallado pruebas concretas que demuestren su teoría. Aún así,  todo el reclamo resulta frágil, gracias a la visión sumamente parcializada de Sartori, quien no concibe otras posibilidades de explicación que las expuestas.

El problema del niño que absorbe sin analizar puede solucionarse con medidas preventivas. Por ejemplo, no se puede sugerir tan alegremente que toda la violencia proviene de la TV. Por otro lado, si se enseña a discernir entre lo que es verdad y lo que es mentira, lo realizado por motivos de narración (ficción) y que tiene sentido dentro de la narración, entonces realmente se estará dando un gran paso.

Concordamos con Sartori en la importancia de la palabra como base para el desarrollo psíquico del ser humano. Incluso  en que la imagen es asimilada de forma más directa que la palabra, ya que ésta tiene que ser aprendida antes de ser reconocida. Pero esto no indica rango alguno. Resulta extraño que para el autor no exista la posibilidad que la imagen tenga algo aprehensible, un lenguaje a desarrollar que pueda ser entendible, algo lleno de connotaciones y metáforas distintas. El desarrollo de la palabra debe ir de la mano del de la imagen. Y con esto quiero decir de su real entendimiento y comprensión.

Arriba El  Delirio de Consecuencia.          Por: El Marques  de la Nafta

No es un delirio strictu sensu, en términos clínicos, como el bien catalogado delirio de persecución, adscribible a los cuadros agudos de esquizofrenia. Diríase que parentesco mayor lo liga al reconocido delirio de grandeza, con quien comparte la procedencia coloquial i la proliferación de afectados. Pero no por menos patológico será menos pernicioso.

Entendámonos ya mismo: bautizo con el apelativo que dicta el título a la necesidad urticante, insana, de forzar la correspondencia cabal de creencias, valores, gustos, i demás principios ordenadores de conducta, con todo acto cotidiano; incluyendo el engendro de las fuerzas inconscientes. El individuo que padece este delirio acusa el intento permanente de, en clave prosaica, &127;practicar lo que predica&127;. El pobre diablo se fatiga por encarnar la imposible equivalencia que vincule los hechos i las palabras. Curiosamente, el populórum rinde culto a estos pobres diablos. La consecuencia  es un objetivo que se nos inculca como paradigma desde nuestra parvulez; es una de las virtudes supremas para  esta sociedad represiva que entroniza la moral del castigo, la moral del masoquismo (v.gr, Santa Rosa de Lima).

Otra modalidad de este delirio: dirigir el corriente comportamiento de modo tal que los hechos no traicionen aquello que los legos llaman, sin hacer precisiones, &127;personalidad&127;, o aquello que los sofisticados califican de &127;esencia&127;.  Se pretende que cualquiera se conduzca persistentemente según se lo permita el constreñido, simplista, conjunto de posibilidades que a su personalidad se le atribuye. Al supuesto taciturno, por ejemplo, se le hará notar, con escándalo i sorna, aquel instante en que deje de serlo i aparezca desusadamente efusivo. Está obligado por el medio a seguir siendo taciturno. Pero complícanse las cosas porque en círculos amplios tal estilo de obrar se vilipendia con alguna frecuencia. Por un lado recibe alientos, i por el otro, objeciones.
Convengamos en que el maestro Aristóteles recomienda la consecuencia. Pero convengamos también en que la exigencia, principalmente, fue pensada para los personajes de ficción. Porque la consecuencia absoluta es pura ficción. Es utopía. Entonces, su persecución obtusa no puede menos que ser  un delirio. El hombre es una estructura dialéctica de contradicciones i se conduce de manera distinta dependiendo del contexto. El taciturmo parecerá facundo en ocasiones. El habitual racionalista no está exento de supersticiones. El delincuente no ha perdido la ternura.

La consecuencia, lo dije ya, es ficción. Es, simplemente, antinatural. Practicable, exigible, pero sólo para un personaje de novela,  no para el instintivo ser humano.