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Cuentos de Ciencia-Micción

El último baile del Chino.

Nueva Tokyo, diciembre del 2005

Buenos días, Sr. Presidente:

Anoche fui torturado. Kenyi ordenó que me serrucharan la mano izquierda. Como intentaron hacer con Fabián Salazar, ¿se acuerda, Sr. Presidente? El pobre infeliz desapareció de pronto y poco después encontraron su cadáver multiplicado en varias fosas de una huaca de Pueblo Libre: pequeños trocitos de carbón mezclados con huacos falsificados. Por eso dijo Martha Chávez: "solamente son restos arqueológicos". Así voy a terminar yo, Sr. Presidente, porque Ud. se olvidó de su promesa. Esta noche regresará ese car'e botón y no creo que aguante otro serruchazo sin comenzar a cantar. No pienso esperarlo más, Sr. Presidente. Ya van cinco cartas que no responde.

"¿Cómo? ¿No sabes jugar al ahorcado? ¡Pero si es muy fácil! Todo lo que tienes que hacer es decirme qué palabra estoy pensando. Te daré una pista: es una palabra en japonés. Sólo tienes que adivinar. Letra por letra. Pero, eso sí, cada vez que te equivoques te cortaré un pedacito, ¿de acuerdo? Primero la mano izquierda, luego la derecha, un pie, el otro pie... y así sucesivamente hasta llegar al cuello, ¿entendiste? Fácil,¿no?

Lo de anoche fu espantoso, Sr. Presidente. Kenyi apretó un botón del control remoto y en ese mismo instante se levantó del suelo una pesada compuerta. Emergió del sótano, humeando -como si el mismo infierno lo vomitara- una criatura monstruosa, un engendro indescriptible: vestía un mandil sanguinolento y enormes serruchos de leñador colgaban de las garras. Babeaba, gruñía y se balanceaba, como intentando bailar. Kenyi lo fustigaba con el látigo y le gritaba: "¡Saravá! ¡Saravá!"

"Eres un árbol torcido. Afortunadamente, Delnabo Chuparicio es un jardinero excelente; él sabrá qué ramas debemos podar..."

No voy a aguantar otra pesadilla como ésa, Sr. Presidente. Sí, voy a cantar, voy a confesarlo todo. Quizá con eso me maten de una vez, sin tanto preámbulo. Además, si Ud. no cumple conmigo, ¿por qué debo yo mantener mi lealtad? Se olvidó del trato, ¿no es así? Mejor colaboro con Kenyi, entonces. Le voy a contar todo. Le voy a decir que el plan fue todo suyo y que me ofreció un dineral por atorar de plomo la barriga de ese pobre anciano.

Sí, pues, era sólo un anciano. Y estaba muy enfermo, además. Si no lo mataba yo, se lo iba a llevar el cáncer de todas maneras. Ése cáncer de la lengua que terminó por carcomerle toda la faringe. Parecía un astronauta con ese casco, esos tubos y los tanques de oxígeno en la espalda. Pobre viejo, no debería reírme... Ya estaba desahuciado, ¿qué le costaba esperar un par de meses, Sr. Presidente?

Pero murió feliz. Murió bailando. Eso calma un poco remordimiento. Apenas podía moverse con tanto aparato encima, pero igual se esforzaba por llevar el ritmo. Las masas lo aplaudían; aunque se moviera torpemente, como un robot, casi como Ud., Sr. Presidente.

"Y se baila, y se goza así, el ritmo del chino es del Perú dos mil..."

La música a todo volumen disimuló los gritos. Nadie entendía lo que estaba pasando. Las masas hipnotizadas confundieron las convulsiones de dolor con improvisados pasos de baile. Incluso cuando se derrumbó y comenzó a patalear, la gente se tiró al suelo también para imitar los movimientos. Especialmente la corte de ayayeros, por supuesto. Y Martha Hildebrandt fue la primera: la verdad, es bastante desagradable ver a una foca retorciéndose como un gusano...

Como un gusano. Ud. también lo hizo, Sr. Presidente. A pesar del terno impecable y sus amaneramientos de lord inglés. Sí, se arrastraba como un gusano. Como un gusano asqueroso.

Ya me di cuenta de todo. De su astucia. De los cuentazos. Por ejemplo, "la pacífica transición a la democracia". Por ejemplo, "la conspiración del criminal Montesinos y su camarilla de narcomilitares" . Militares estúpidos como yo. Sólo quería sentarse en el trono imperial. Yo lo apoyé pr patriotismo. Por dignidad. El verdadero "traidor a la patria" es Ud. y no yo, Sr. Tudela. Y se saldrá con la suya, desgraciadamente. Creo que ni siquiera servirá de nada que se lo cuente al car'e botón. No me va a creer. No razona. Está cegado: sólo quiere vengar a su padre. Esa furia le obstruye el pensamiento. Jamás entenderá que Ud., Sr. Tudela es el autor intelectual del magnicidio. Así confiese, entonces, retardará mi muerte lo más que pueda. Me matará de a pocos. Por rebanadas. Por pedacitos. Luego me quemará, seguro, y si no le apetesco al gorila Chuparicio, sepultará mis "piezas" tostadas en una huaca, como al pobre de Fabián Salazar. ("Besitos")

 

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